Hace tiempo en San Gil, recorrí la cueva del indio en una pequeña expedición a una de las cuevas que hay en ese sector. La espeleología es apasionante y recuerdo bien esa cueva por la forma en la que debes salir de allí. Luego al caminar casi por una hora y perderte en su interior, al final, el guía nos informó que debíamos saltar a un pequeño lago en medio de la más absoluta oscuridad. Llegamos al borde y alumbró el agua con una pequeña linterna, pero la luz no daba una certeza de lo lejos que se encontraba el agua. Me ofrecí para saltar y dudé en el primer intento. A la segunda me lancé… La caída la sentí larga hasta que por fin sentí el agua helada y me sumergí en el lago con el temor de no poder subir de nuevo a la superficie. Al tocar fondo no sabía dónde quedaba arriba o abajo. Solo me abandoné esperando que el aire me subiera a la superficie. Estaba todo tan oscuro, no veía nada a mi alrededor, jamás había experimentado esa oscuridad tan profunda. Lo siguiente que sentí fue la superficie y el aire que volvía a mis pulmones. Jamás he vuelto a experimentar algo igual, aunque si de manera similar.

En varias oportunidades he saltado al vacío en medio de la oscuridad total, sin saber que pasará luego. Mi divorcio fue una de esas ocasiones. No sabía dónde caería, no sabía nada. Estaba aterrada, pero si no saltaba, moriría asfixiada.

No soy católica, pero, aun así, creo en el Amor y el Universo como nuestro origen. Y es mi fe en el Amor lo que me permite arrojarme al vacío pese a las dificultades que me rodean o las incertidumbres. Tengo la certeza que el Universo de una manera u otra, pone todo en su lugar. Yo no dejo de creer en ello. Se que si mis sentimientos se mantienen limpios y ahora más que nunca soy fiel a mí misma, todo llegará. Pero todo en su momento. No antes… no después. Y todos poco a poco ocupamos el lugar donde sin duda debemos estar. Pero tenemos que dejarnos guiar por los dioses o ángeles, no importa el nombre, hay manos invisibles que nos abren los caminos, como tomar un colectivo sin saber a donde nos llevara y que nos deje justo donde necesitamos estar. Es tan solo un ejemplo.

Las cosas solo pasan si estamos conectados con el Universo. Las puertas se abren, las personas que deben partir, encuentran sus caminos, otras llegan, y así. Suavemente, como una caricia. Esa fe me mantiene viva, mantiene mis sueños susurrándome en el oído, pues sé que en algún momento todo vendrá, solo debo hacer mi parte cada día y confiar. Por eso sonrío en las montañas y les dedico unos minutos a mirar la montaña llena de niebla. Sé que los dioses caminan bajo ellas, vigilando los corazones humanos en un Rojo Mundo, esperando caer sobre el corazón contaminado o  aullar al canto de un corazón agradecido y fiel.